VOLANDO OTRA VEZ SOBRE EL LOMO DE UN ÁGUILA
Hace más de un año emprendí mi primer vuelo, monté sobre el lomo de una hermosa águila, blanca, de vuelo plácido y lento, recorrimos toda Lima, desde arriba todo es diferente. Hoy, busqué mi alma de niño, los sueños que alguna vez nutrieron mi futuro. Aún quedan ilusiones, felizmente, no todo se ha perdido.
La inocencia, aquella capacidad que nos permite volar sobre lomos alados, centauros u otros seres que los demás ven mitológicos, nosotros los que podemos volar, subidos sobre nubes, o que montamos sobre los anillos de Saturno y paseamos por el universo, los que cabalgamos sobre caballos alados, o aquellos, como yo, que aún sabemos volar sobre el lomo brillante de un águila, somos pocos, somos “locos”, para envidia de los muchos, aún somos.
Decía, la inocencia, nos permite muchas cosas, he leído que la llaman “imaginación” , nosotros, los pocos que quedamos, sabemos que no es sólo imaginar, es sentir el vacío en el estómago, el viento frío en nuestra piel, es ver las luces de las ciudades, vivir el vértigo de la velocidad, o el soroche de las alturas, y cuando se pasea de un extremo al otro de la vía láctea, mirar con los ojos del alma el paso acelerado de las estrellas.
Hoy, busqué mi alma de niño, la encontré, me atreví una vez más volar sobre el lomo de ALAMA el águila blanca y brillosa, sentí el reflejo de la luna, rayos que se compartían entre las plumas de mi transporte y la superficie del océano Pacífico. Alejados por un momento del bullicio humano, de las figuras críticas y rígidas. Me alegré. Una porción de inocencia, de alma de niño, vive aún en mi cuerpo de viejo. Desde arriba, todo es diferente.
Cuando bajé, continué cazando POKEMONES.
© Lucio R. Ramírez
Hace más de un año emprendí mi primer vuelo, monté sobre el lomo de una hermosa águila, blanca, de vuelo plácido y lento, recorrimos toda Lima, desde arriba todo es diferente. Hoy, busqué mi alma de niño, los sueños que alguna vez nutrieron mi futuro. Aún quedan ilusiones, felizmente, no todo se ha perdido.
La inocencia, aquella capacidad que nos permite volar sobre lomos alados, centauros u otros seres que los demás ven mitológicos, nosotros los que podemos volar, subidos sobre nubes, o que montamos sobre los anillos de Saturno y paseamos por el universo, los que cabalgamos sobre caballos alados, o aquellos, como yo, que aún sabemos volar sobre el lomo brillante de un águila, somos pocos, somos “locos”, para envidia de los muchos, aún somos.
Decía, la inocencia, nos permite muchas cosas, he leído que la llaman “imaginación” , nosotros, los pocos que quedamos, sabemos que no es sólo imaginar, es sentir el vacío en el estómago, el viento frío en nuestra piel, es ver las luces de las ciudades, vivir el vértigo de la velocidad, o el soroche de las alturas, y cuando se pasea de un extremo al otro de la vía láctea, mirar con los ojos del alma el paso acelerado de las estrellas.
Hoy, busqué mi alma de niño, la encontré, me atreví una vez más volar sobre el lomo de ALAMA el águila blanca y brillosa, sentí el reflejo de la luna, rayos que se compartían entre las plumas de mi transporte y la superficie del océano Pacífico. Alejados por un momento del bullicio humano, de las figuras críticas y rígidas. Me alegré. Una porción de inocencia, de alma de niño, vive aún en mi cuerpo de viejo. Desde arriba, todo es diferente.
Cuando bajé, continué cazando POKEMONES.
© Lucio R. Ramírez
