A LA MUERTE DE UN OBISPO
Don Isaías, espera cada día, observa por la pequeña ventana.
Afuera el mismo paisaje, la Cruz Monumental del pueblo.
Adentro, un viejo camastro y una vela gastada.
El viejo cavador de tumbas espera el lánguido sonido de las campanas.
El sonido llega acompañado de aromas de incienso y de mirra.
Es muy temprano para que alguien quiera morir, piensa.
Aun así el viejo sabe que ese alguien ha abandonado el pueblo.
Las santarositas visten el cuerpo del monje dormido.
Pequeñas y ágiles hacen bien su trabajo,
de sus labios se escapan Santísimos rezos,
Ave María Purísima.
Los rezos llegan hasta el más pecador del pueblo,
pero este se encuentra dormido.
No pudo dar su última misa, tampoco ordenar la sacristía,
no tuvo tiempo de despertar con los rezos. Ave María Purísima.
Don Isaías se compadece del monje dormido,
llama a Santiago y entre ambos cavan una grande, la más grande de todas.
Todo está listo, el ataúd, la tumba, el agua bendita, los ternos negros, las flores,
las plañideras, las campanas, el palo santo y abundante goma de mirra,
El pueblo llora confundido, no sabe si alegrarse porque el Cardenal ha venido,
o seguir llorando porque el Obispo se ha ido.
Las santarositas vestidas de negro lloran delante, mientras los hijos negados lloran detrás.
Un nuevo obispo vendrá muy pronto. Repetirá las misiones. Evangelizará al pueblo.
Perdonará a los pecadores.
El séquito llora, Ave María Purísima. Todo está listo. El Obispo se ha ido.
Don Isaías no sabe si estará presente para el próximo entierro.
© Lucio R. Ramírez
Don Isaías, espera cada día, observa por la pequeña ventana.
Afuera el mismo paisaje, la Cruz Monumental del pueblo.
Adentro, un viejo camastro y una vela gastada.
El viejo cavador de tumbas espera el lánguido sonido de las campanas.
El sonido llega acompañado de aromas de incienso y de mirra.
Es muy temprano para que alguien quiera morir, piensa.
Aun así el viejo sabe que ese alguien ha abandonado el pueblo.
Las santarositas visten el cuerpo del monje dormido.
Pequeñas y ágiles hacen bien su trabajo,
de sus labios se escapan Santísimos rezos,
Ave María Purísima.
Los rezos llegan hasta el más pecador del pueblo,
pero este se encuentra dormido.
No pudo dar su última misa, tampoco ordenar la sacristía,
no tuvo tiempo de despertar con los rezos. Ave María Purísima.
Don Isaías se compadece del monje dormido,
llama a Santiago y entre ambos cavan una grande, la más grande de todas.
Todo está listo, el ataúd, la tumba, el agua bendita, los ternos negros, las flores,
las plañideras, las campanas, el palo santo y abundante goma de mirra,
El pueblo llora confundido, no sabe si alegrarse porque el Cardenal ha venido,
o seguir llorando porque el Obispo se ha ido.
Las santarositas vestidas de negro lloran delante, mientras los hijos negados lloran detrás.
Un nuevo obispo vendrá muy pronto. Repetirá las misiones. Evangelizará al pueblo.
Perdonará a los pecadores.
El séquito llora, Ave María Purísima. Todo está listo. El Obispo se ha ido.
Don Isaías no sabe si estará presente para el próximo entierro.
© Lucio R. Ramírez

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